El Martillo

24 octubre 2006

Del diario de Salomé (XIX)


La ciencia se aplica a la realidad.
Pero el mundo es mucho más que la realidad.
La ciencia es insuficiente.
Quienes todo lo cifran en la ciencia, sólo llegan a un mundo a medias.

17 octubre 2006

A flote


En lo alto de la montaña, acurrucada contra unas rocas para protegerse del viento, Salomé recuerda. Rememora tiempos pasado, pero que ahora son presentes para ella. Se acuerda del tacto de las manos de su madre sobre su rostro, del olor del cuello de su padre el día antes de morir, cuando lo abrazó por última vez sin saberlo. Piensa en el parque al que tantas veces fue de pequeña, y de algunos compañeros de la escuela. Todo eso suele venir a ella en los momentos duros, cuando necesita algo a lo que agarrarse para no ahogarse en el mundo.
El viento azota con fuerza la espalda de Salomé, y ella se aprieta más contra la roca, deseando poder meterse dentro de ella para asi no sentir el frío introduciéndose en ella. No pensaba que esas montañas fueran a ser tan inclementes. Sólo unos pocos arbustos que apenas le llegan a las rodillas sobreviven en ese paraje. Espera encontrarse con bosques el la otra vertiente de la cordillera. Lo leyó en algún sitio. pero ahora no está muy segura. En cualquier caso, piensa seguir con su viaje a ninguna parte. Y sigue recordando. Y sonríe, porque se siente a salvo con sus memorias.
Y de pronto, la sonrisa se borra de sus labios. Los ojos se abren. La cabeza se levanta. El corazón da un pequeño vuelco.

"No lo recordaba así. La última vez que lo evoqué no pasó exactamente de esta manera".
La tabla de salvación se ha quebrado. Intenta rodear con sus brazos otra, pero también de desvanece. Y otra. Y otra más. Ya nada flota. Ahora sólo quieda bracear, intentar no hundirse, flotar como sea, sin nada fijo en lo que ayudarse.

"¿Qué esperabas, querida?", se oye decir a sí misma con poca sorpresa.

"Sí, debería haberlo previsto", se respondió con mucha resignación.

Y se puso en pie y volvió a caminar.

07 octubre 2006

Lejos de la sociedad


La montaña no era muy distinta al desierto. Al menos en esa vertiente del macizo. La superficie rocosa parecía hacer rebotar el sol por todas partes, teniendo a Salomé deslumbrada la mayor parte del tiempo. El calor era casi más intenso allí que en el llano. Pero ella estaba contenta. Se había olvidado de lo que era estar sola. La vida en la ciudad había atrofiado su órgano de la soledad. Ahora estaba segura de que la desazón que había sentido en los últimos tiempos era ella misma que se estaba pidiendo ayuda, que se estaba haciendo oír por encima del zumbido de la gente que había a su alrededor, que por un momento habían conseguido acallarla. Al principio sintió alivio. Nunca se había sentido así. Pero poco a poco algo fue tomando fuerza dentro de ella y pidió paso. Y para salir, para volver a la superficie, tuvo que abandonarlo todo. El zumbido se fue apagando a medida que se alejaba de la gran urbe, y ahora reconocía que todo había sido una tapadera, un medio de ocultarse, de mantenerse en un segundo (o tercer) plano y así vivir más tranquila. Y es que a veces nos damos a los demas para no tenernos a nosotros mismos (seamos lo que seamos). Salomé se había dado cuenta ahora del engaño que constituye la sociedad, de todo lo que se pierde en ella (hasta hace poco, era consciente de lo que se ganaba). Ahora podría hacer balance, y calcular si realmente le vale la pena volver al mundo de la gente. Lo malo es que en el fondo sabe que, aunque el saldo de la sociedad sea negativo, tarde o temprano tendrá que volver a ella.

01 octubre 2006

Wish you were here


Salomé ha decidido parar. El cansancio empieza a ser insoportable. Lleva cuatro días caminando, y las montañas están demasiado cerca. Eso la anima. Pero su cuerpo necesita descansar. Se tumba al abrigo de una roca alta que se encuentra entre otras rocas dispersas. Cierra los ojos. En seguida los abre. Y ante ella ve un hombre alto, vestido de negro, que la observa con seriedad. Lleva puesto un bombín. En seguida se da cuenta de que no puede distinguir ninguno de sus rasgos. Y a pesar de ello sabe que está serio. Extiende una mano hacia Salomé. Ella ni se inmuta. La escena es extraña, pero a ella no le importa. Su corazón está insensible, anestesiado, y no es capaz de sentir nada, ni inquietud, ni sopresa, ni temor, ni nada. Sólo una pequeña brizna de curiosidad.

¿Me está invitando a que vaya con él? -piensa- ¿O es más bien que quiere ayudarme a levantar?

El hombre sigue allí, con la mano tendida. Y entonces una voz resuena en el interior de su cabeza. Una voz que conoce demasiado bien.

"Aquí estoy. No importa lo lejos que vayas. Yo te seguiré".

Y es entonces cuando Salomé rellena los huecos que hay en el rostro del hasta ahora desconocido. Sólo que ya no es desconocido. Por eso sus ojos se desbordan en lágrimas.

-Perdóname -dice entre sollozos, intentando adoptar una posición lo más fetal posible, llorando como una chiquilla asustada- No sé lo que me pasa, pero he tenido que huir.

El hombre ha dado un paso. Su mano continúa extendida hacia ella. Pero ahora está más cerca y se ha agachado un poco, y con un dedo pulsa una de las lágrimas que se desliza por la mejilla de Salomé, trasladándola a su mano, por donde sigue su recorrido.

-No llores. Basta con que llore yo. Sé que tienes tus razones, aunque sólo las sepas tú. Y aunque no tenga ni idea de cuales son, las comprendo, aunque desearía que volvieras y te quedaras aquí. Te quiero.

-Gracias -ahora el llanto rebosa de alivio- gracias. Yo también te quiero.

En este momento Salomé abre los ojos. Se había quedado dormida. Y debe haber sido bastante tiempo, porque la noche se le ha echado encima. Se incorpora y se siente ligera, descansada, como si hubiera quitado de su espalda algún peso. En cierto modo lo ha hecho. El hombre con voz demasiado conocida ha sido sólo sueño. Pero un sueño medicinal, y mucho más real que muchas vivencias de vigilia. Ha llorado de verdad, porque siente en su boca el sabor salado de las lágrimas. Pero a pesar de todo el dolor, su corazón está alegre. Contento por haber oído y pronunciado las palabras que tanto se había negado antes a decir, porque creía que eran un mal signo. Y en efecto, con ellas siente que por fin ha cerrado la puerta de ese sentimiento que acaba de afirmar.

24 septiembre 2006

Prosigamos


El sol es abrasador. Pero Salomé está decidida a seguir caminando. Un paso detrás del otro. En su primera travesía del desierto intentaba dormir de día y andar de noche. Pero la intensidad del sol le impedía concicliar el sueño. Por eso ahora ha decidido que descansará cuando el cuerpo se lo pida, sea de día o de noche. A veces no para a comer y otras se sienta para digerir la menguante reserva de alimentos. Ahora está bien situada. Sabe que desde la ciudad y en la dirección en la que está caminando hay unos pocos días. Intenta orientarse por el sol, y calcula que no se ha desviado mucho. Allá delante se empiezan a ver las montañas, tras las cuales hay una pequeña meseta repleta de pueblecitos rodeados de bosque. El desierto es monótono y engañoso. Ella cree que apenas le quedan unas pocas jornadas para llegar, pero la vista engaña, y algo que parece que está a la mano, en realidad está a unos cientos de metros.

No le importa. Caminará lo que tenga que caminar. Aún no se siente cansada. Ha decidido hacerle más caso a su cuerpo. Ha aprendido mucho en la ciudad. Sabe que a veces hay cosas que no se pueden evitar, con las que no podemos luchar sin salir vencidos. Y en esos casos no nos queda otra más que aceptar, asentir al impulso y convertirlo en nuestro.

Salomé sigue su periplo. Salomé sigue viva. Salomé sigue aprendiendo. Pero por momentos Salomé se diluye y es menos Salomé.

07 septiembre 2006

Retirada


Otra vez el desierto por delante.
Otra vez la mochila y toda su carga por detrás.
Otra vez el no saber a dónde ir.
Otra vez el no querer saberlo.
Otra vez tener que andar.
Otra vez huir de no sabe qué y hacia no sabe dónde.
Otra vez arriesgarse y poner su vida en peligro.
Otra vez Salomé empieza a caminar.

26 agosto 2006

Del diario de Salomé (XVIII)

La sociedad admira al triunfador. Es un héroe y en el espejo en el que todos quieren reflejarse. El éxito es lo importante. Al mismo tiempo se siente lástima por los fracasado y los que sufren.

Tal vez sería mas saludable que fuera al revés. Admirar al sufriente, al que sabe sufrir. Y sentir lástima por el que consigue con éxito todo lo que se propone.